La sambuca era otro de los ingenios que facilitaban la elevación de los soldados hasta el interior de las defensas. A pesar de que sus principales aplicaciones se encontraban en los asedios navales, también se empleó para la guerra terrestre. Biton señala que el primero en construir esta máquina fue Damis de Colofonte.
El ingenio consistía básicamente en una escalera de cuatro pies de ancho con una altura igual a la muralla que se pretendía asaltar. La escalera tenía barandillas a los lados y estaba protegida en toda su extensión por medio de pieles, para evitar que los asaltantes quedaran al descubierto en el momento de la ascensión. En la parte superior tenía una especie de plataforma sobre la que se ubicaban arqueros.
El primer paso para la construcción de esta máquina era crear una estructura. Las dimensiones que da son de un chasis formado por una viga con 1 metro de ancho, 0,6 metros de alto y 8 metros de largo que se montaba sobre una armadura de 4 metros con dos ejes paralelos y ruedas. La armadura se unía a un soporte doble para llevar escalas. Todo ello estaba preparado por medio de cabrestantes para poder ser elevado y bajado en función de las necesidades.
Encima de este soporte previo se ubicaba la escala de grandes dimensiones que tenía paredes laterales recubiertas de pieles para proteger a los soldados. Para contrarrestar el peso de los soldados que había en un extremo, en el opuesto se colocaba una caja con plomo que variaba de peso dependiendo del uso.
Los soldados accedían al interior por delante utilizando una escalera adosada al cuerpo principal. Cuando todos estaban dentro se colocaba el plomo en el contrapeso hasta equilibrarlo. En ese momento la sambuca pasaba de una posición totalmente horizontal hasta la que tendría definitivamente frente a las murallas.
Tras haber probado la máquina, los soldados volvían a bajar y se acercaba el ingenio hasta la orilla de los muros. Para evitar que fuera destruida, lo más conveniente era que contara con torres de asedio dotadas de piezas de artillería en sus flancos. Así se lograban neutralizar los proyectiles arrojados desde la muralla.
Cuando ya se había alcanzado el pie de los muros y se estaba fuera del alcance de la artillería, los soldados subían de nuevo a la máquina que ya tenía los contrapesos calibrados. Se acercaba, entonces, hasta apoyarse en el muro para abrir la trampilla y que las tropas pudieran acceder hasta la muralla. Siguiendo a los primeros soldados que establecían una cabeza de puente, un reguero continuo se lanzaba a través de este pasillo cubierto para apoyar al contingente inicial.