Durante el periodo helenístico, la práctica de asalto a las fortalezas se convirtió en una cuestión de prestigio para el sitiador, un prestigio que podía perderse en caso de fracasar ante los muros. Cuanto mayor era la resistencia de una ciudad y más poderosos sus recursos bélicos, más podía demostrar el ejército atacante su carácter de invencibilidad. En las labores de asedio entraban en juego una serie de condicionamientos como eran la disponibilidad de recursos económicos y de los mejores ingenieros del mundo conocido, que también se traducían en un mayor prestigio personal.
Ingenieros helenísticos como Agetor de Bizancio, Dionisio de Alejandría, Nimphodoro, Democles, Diphilos, Abdaraxos o Dorion estuvieron al servicio del ejército de Alejandro Magno o de sus sucesores. La Historia nos ha legado sus nombres, aunque resulta imposible ubicarlos en el tiempo. Casi con toda probabilidad, la mayoría de ellas trabajarían como técnicos en los continuos conflictos entre los ejércitos de los Diádocos.
El prestigio y la cantidad de ingenieros en funcionamiento durante este periodo, revela la importancia que alcanzaron las técnicas de asedio en el periodo de la sucesión. Su elevada consideración social llegó hasta el punto que podían acceder a los banquetes oficiales como invitados. Incluso en la mayor parte de los casos disponían de una pensión anual que garantizaba su servicio y fidelidad. Cada general, antes de lanzarse a una campaña, recurría a contratar los servicios del mayor número de ingenieros y de los más famosos, pues disponer de ellos suponía asegurar el éxito de las operaciones.
También eran muy valorados los obreros cualificados. Al igual que Alejandro Magno había conseguido especialistas de Chipre y Fenicia para el asedio de Tiro, Demetrio Poliorcetes, también los trajo para el asedio de la ciudad de Salamina de Chipre el 307 a. C. El año 304 a. C., los rodios lograron interrumpir las labores de asedio, al detener un convoy marítimo lleno de técnicos que Demetrio traía para que le ayudaran en las obras. Tal era su importancia en los asedios que sin ellos era imposible proceder a un ataque en toda regla.
Los soberanos que siguieron a Alejandro Magno ampliaron sus investigaciones sobre poliorcética. Generales de la talla de Pirro del Épiro, Alejandro del Épiro, Antígono Gonatas, Antíoco I Sóter, Ptolomeo II Filadelfo o Demetrio Poliorcetes estuvieron muy interesados en la investigación sobres tácticas militares y maquinaria bélica. Fruto de este interés por las artes militares se desarrollaron las máquinas de asedio más grandes de toda la Antigüedad.
De ahí que, Demetrio, pronto acompañara su nombre con el apelativo de Poliorcetes que, literalmente, significa tomador de ciudades. Esto servía como un elemento de prestigio y propaganda política que demostraba cuáles eran sus cualidades e infundía terror entre sus enemigos, apostando claramente por el elemento militar en su reinado.
En el asedio de Rodas del 305 - 304 a. C. chocaron los talentos de algunos de los ingenieros más cualificados de su tiempo. En el ejército atacante, bajo las órdenes de Demetrio Poliorcetes se encontraban el ateniense Epimaco y Zolio, y en el defensor Calias de Arados y más tarde Diogneto. Demetrio diseño una torre a gran escala que pesaba de forma estimada en torno a las 150 toneladas y estaba armada de forma poderosa con más de 16 catapultas de diversos tamaños.
Diogneto, tras hacer que el enorme ingenio se quedara atascada en un lodazal, consiguió que el ejército de asedio la abandonara. Con la derrota del ejército de Demetrio Poliorcetes la pieza fue colocada dentro de los muros y expuesta en un sitio público con la inscripción: "Diogneto ha ofrecido este presente sobre los despojos del enemigo". Este ingeniero consiguió los mayores honores tras esta amplia victoria.
La utilización de los elefantes como arma de asedio supuso una de las principales novedades poliorcéticas introducidas durantes este periodo. Sin embargo nunca alcanzó una gran notoriedad a pesar de su enorme potencialidad.. El primer caso en el que fueron utilizados los elefantes como arma de asedio fue en el asalto al Fort de Chameaux en Egipto el 321 a. C. Pérdicas los empleó para tratar de destruir las empalizadas y los almenajes de la fortificación. Pero, Ptolomeo, defensor de la plaza, conocía los puntos vulnerables de los animales La posición dominante que le proporcionaban los muros, facilitó que las tropas de infantería ligera hirieran a los elefantes en los ojos y mataran a sus conductores, anulándolos totalmente.
En el asedio de la ciudad de Megalópolis del 318 a. C. también fueron empleados ante las murallas. Polisperconte, que asediaba la plaza, despejó el lugar en el que se habían llevado a cabo los primeros combates para poder lanzar a través de la brecha abierta en las defensas a los elefantes. Pero, Damis organizó la defensa colocando en el agujero de la trinchera un montón de puertas con clavos de grandes dimensiones hacia arriba. Para que no pudieran ser vistas por los atacantes se encontraban camufladas bajo hierba.
La estrategia de los defensores consistió en facilitar la creación de un pasillo, incitando al atacante a que lanzara sus elefantes a través de él. Para no despertar sospechas, en la parte final no se dispuso ningún soldado. Cuando los elefantes habían penetrado a través de la brecha, lanzadores de jabalinas y pequeñas catapultas lanzaflechas dispuestas en los flancos comenzaron a acribillar a los primeros animales.
Al no ver resistencia en la parte final del pasillo, los guías lanzaron a los elefantes a toda velocidad hacia delante. Allí, al pisar las puertas, quedaron clavadas las patas de los elefantes, terminando por inmovilizarlos totalmente. Desde lo alto de los muros, los defensores comenzaron a lanzar jabalinas contra los costados de los animales y contra sus conductores. Enloquecidos por las heridas, los elefantes chafaron a los otros animales y a las tropas de infantería ligera que marchaban entre las filas. El empleo de los elefantes en este asedio, no sólo impidió la ocupación de la ciudad sino que con su neutralización, también fueron eliminados los soldados de infantería ligera que habían penetrado por la brecha junto a ellos.
Antígono Gonatas empleó elefantes para forzar las defensas de Mégara el 270 a. C., durante la Guerra de Cremónides. Cuando los megarenses vieron acercarse a los animales untaron pez líquida a unos cerdos y, tras prenderles fuego, los dejaron libres. Los animales histéricos se precipitaron hacia los elefantes, haciendo que se asustaran y que rompieran su formación al mismo tiempo que arrastraban con ellos al resto de las tropas. A partir de este momento Antígono ordenó que se criara a los elefantes con cerdos para que se acostumbraran a verlos y no se asustaran con su presencia (POLIENO, IV, 6, 3).