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LA POLIORCÉTICA EN EL REINO DE MACEDONIA.


No se sabe a ciencia cierta si el arsenal macedónico de maquinaria bélica ya estaba en funcionamiento cuando se produjo el ascenso de Filipo II al trono. El primer contacto de este monarca con la artillería le trajo fatales consecuencias. En el 354 - 353 a. C. Onomarcos de Phokis colocó su artillería en una zona de colinas y derrotó a Filipo, apoyándose en el fuego proporcionado por ella.


Las máquinas empleadas en este combate utilizarían la tecnología de no - torsión y seguirían un diseño muy semejante a la diseñada por Charon de Magnesia. Por medio de ellas se podrían lanzar piedras de pequeño tamaño, de unas 5 libras (1,6 Kg.). Aunque este peso no resulta muy significativo, sí lo suficiente como para ser usado como arma antipersonal.


Las repercusiones de este primer contacto macedonio con la artillería no se hicieron esperar y Filipo II, ese mismo año, creo un cuerpo de ingenieros al mando de Polibio el Tesalónico, primer ingeniero del que se tiene constancia dentro del ejército macedónico (VITRUBIO, X, XIX, 63).


Filipo II sería el hombre que daría un impulso definitivo a la artillería, pues tenía ambición y los fondos necesarios para llevar a cabo un proyecto de tanta envergadura. Así, se propuso la creación de un ejército poderoso, acompañado de máquinas capaces de hacer caer cualquier ciudad bajo el asedio, para lo cual buscó la mejora de las máquinas conocidas hasta ese momento. El resultado fue la puesta en marcha de las primeras piezas de artillería de torsión, evolución desde los sistemas de las máquinas de no - torsión.


El alto grado técnico que habían alcanzado las técnicas de asedio y la complicación en los diseños de las nuevas máquinas obligaron a la presencia, no sólo de ingenieros para diseñar las máquinas, sino de cuerpos permanentes en el ejército, especializados en cada una de las labores. Estos contingentes eran los encargados del mantenimiento de las máquinas, además de su montaje y desmontaje.


Si bien las máquinas más grandes eran transportadas vía marítima a causa de su excesivo peso, las más pequeñas y ligeras acompañaban al ejército en todos sus desplazamientos, preparadas para disponerlas en batería en cualquier momento. La presencia de técnicos especializados sobre los que recaían la construcción y mantenimiento de las máquinas, no dejaba al resto de los soldados exentos de trabajo en las labores de asedio. Ellos eran los encargados de construir los elementos más simples del asedio como escaleras y manteletes, además de colaborar en las tareas de allanado del terreno.


Además de a los profesionales especializados en las técnicas de asedio, también se podía recurrir a cualquier ingeniero que trabajara en el plano civil cuando la necesidad lo requería o a cualquier teórico que, aunque no formara parte del ejército, investigara el tema de la poliorcética.


En el asedio en el que Filipo desplegó por primera vez de forma masiva sus piezas de artillería fue en Olinto el 348 a. C. En él utilizó sus nuevas catapultas de torsión para lanzar flechas. Arqueológicamente este asedio está documentado por la presencia en el estrato correspondiente a este periodo de puntas de flecha de bronce de grandes dimensiones (de hasta 7 centímetros de largo y con un eje de 1 centímetro de diámetro). Por si quedara alguna duda, los proyectiles llevan grabado el nombre de Filipo, en un caso claro de propaganda política.


Las nuevas máquinas de asedio fueron utilizadas a gran escala durante la toma de Perinto en el 340 a. C. Aquí, Filipo puso por primera vez en funcionamiento sus helepolis o torres de asedio que sobrepasaban en altura a las murallas enemigas. Se trataba de torres de hasta 24 metros de altura que hacían salir a distintos niveles arietes basculantes, manejados por cientos de hombres resguardados en su interior que batían sin descanso el recinto amurallado. En los pisos correspondientes al nivel de la muralla se situaban baterías de catapultas con resortes de torsión, que disparaban en sentido horizontal pesados dardos de acero. En lo alto, en posición dominante había máquinas lanzapiedras que lanzaban piedras y proyectiles incendiarios impregnados de pez, aceite y petróleo de forma parabólica.


Para la toma de la ciudad de Perinto fue necesario abrir una brecha en la muralla por medio de los arietes y de la técnica del minado, pues este enclave era un sitio fácilmente defendible. Tras superar el primer recinto defensivo, las múltiples barreras ubicadas en el interior y la resistencia de sus habitantes condujeron a que, ante la falta de éxito, el sitio fuera levantado. Esta misma decepción hubo de sufrirla Filipo en el asedio de Caras (POLIENO, IV, 2, 20). A pesar de la ventaja que proporcionaban las máquinas de asedio, Filipo II nunca pudo tomar ninguna ciudad con la ayuda de sus ingenios poliorcéticos.


A pesar de los avances técnicos que habían logrado sus ingenieros, el rey macedónico seguía considerando que la mejor forma de hacer caer una ciudad era mediante el empleo del soborno o la traición desde el interior. Este método era el más común y también resultaba el más barato, tanto en el coste humano como económico (DIODORO SÍCULO, XVI, 54, 3 - 4; PLUTARCO, Moralia, 178 B).


El elevado grado técnico alcanzado en las operaciones poliorcéticas, no impidió que las técnicas de cerco continuaran siendo empleadas, pues el desarrollo de la maquinaria todavía estaba en sus comienzos. Además, en muchas ocasiones los ejércitos no disponían de las máquinas ni de los técnicos necesarios para poder llevar a cabo asedios de entidad.


Alejandro Magno continuó con el empleo de la maquinaria bélica diseñada por su padre y la mejoró para optimizar los resultados de su uso. Para ello se valió de ingenieros altamente cualificados como eran Quereas, Diades, Posidonio o Filipo que habrían aprendido esta técnica constructiva de manos de Polibio el Tesalónico, ingeniero de Filipo II (VITRUBIO, X, XIX, 63 - 64).


Al contrario de lo que había hecho Filipo, su hijo sí utilizó la maquinaria bélica de que disponía como artillería de campo, aunque siguió empleándola de forma fundamental en los asedios. La introducción de los tornos había proporcionado una mayor potencia a los proyectiles, lo que también repercutió en el tamaño de las máquinas. Al reducirse sus dimensiones, comenzaron a utilizarse como artillería de campaña y no sólo como arma contra las fortalezas.


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