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LA POLIORCÉTICA EN TIEMPOS DE ENEAS EL TÁCTICO.


La conquista de una ciudad continuó basándose en un intento de lograr la rendición de los sitiados en una técnica de desgaste, más que en un intento de romper las defensas de la ciudad por la fuerza. Y en el caso de que fuera posible, lo primero que se intentaba era buscar la traición desde el interior de los muros.


A pesar del empleo de una gran variedad de máquinas de asedio, no se lanzaban ataques masivos a gran escala sino continuos. Estaban encaminados a desgastar al enemigo que, normalmente, se encontraba en peores condiciones de abastecimiento.


Si seguimos a las fuentes documentales, es posible apreciar que la mayor parte de los asedios a los que se hace referencia son asedios de larga duración, casi siempre por encima de un año. Los conceptos de asedio en este periodo eran todavía de carácter pasivo y no se valoraba la guerra de movimientos, tanto en el ataque de los muros como en cuanto a su defensa. La importancia que se concedía a la altura de las fortificaciones y de las torres de asedio revela estas mismas concepciones pasivas de ataque.


La forma de superar las murallas podía ser de tres formas: por debajo, por encima o a través de ellas. En cuanto a la superación por debajo, el trabajo de minado resultaba de notable interés, pues no requería costosos trabajos y su coste en pérdidas humanas era muy limitado. Los obreros que realizaban las labores de minado se podían proteger por medio de una especie de galerías cubiertas muy semejantes a las tortugas (ENEAS EL TÁCTICO, XXXVII, 8 - 9).


Lo más difícil para los sitiados consistía en saber hacia qué punto se iban a dirigir las operaciones de minado. Para conocer el sitio exacto había que aplicar un escudo de bronce en el suelo a lo largo de todo el perímetro interior de la muralla. Pegando el oído a él, era posible apreciar ligeras vibraciones que marcaban el lugar exacto donde se estaban llevando a cabo las operaciones (ENEAS EL TÁCTICO, XXXVII, 6 - 7).


Pero, la forma más efectiva para detener el avance de las minas consistía en cavar fosas transversales delante de las murallas. Al mismo tiempo que servían como obstáculos para las máquinas, también dejaban a los soldados enemigos al descubierto cuando cruzaran por este punto. También en esa zanja abierta se podía construir un muro de piedra de grandes dimensiones como si de una muralla se tratara, haciendo que las labores de minado resultaran inútiles (ENEAS EL TÁCTICO, XXXVII, 1).


Una vez que se había descubierto la mina de los enemigos, la mejor defensa consistía en arrojar en ella madera y serrín para prenderle fuego. Por un lado se quemaba a los enemigos o al menos se lograba ahogarlos con el humo. Sin embargo, el fuego podía hacer que se cayeran los puntales que sujetaban la mina y arrastrar tras de sí las murallas que estaban colgadas. Incluso en alguna ocasión se soltaron abejas y avispas para que hostigaran a los atacantes bajo tierra, en el primer empleo de animales como elementos de combate (ENEAS EL TÁCTICO, XXXVII, 3 - 5).


En cuanto a la superación de las murallas por su parte superior, la forma más común y más antigua era el empleo de escaleras que se apoyaban en la pared y a través de las que ascendía los atacantes. Para defenderse de ellas había que utilizar ganchos de diferentes formas con los que se empujaban las escaleras, logrando volcarlas a pesar del peso que suponían los soldados que estaban escalando.


También se podían construir paneles móviles sobre los que se apoyarían las escaleras cuando fueran colocadas y que podrían ser retirados cuando los soldados estaban ascendiendo, cayendo indefectiblemente al vacío. Los diferentes autores no se ponen de acuerdo en la forma que tendría este dispositivo, pero sí coinciden en que se trataba de un elemento rodante y abatible. Si la escalera se apoyaba más abajo de los almenajes, esta primera técnica no era válida y había que eliminar a los enemigos de forma manual, conforme iban alcanzando la parte alta del muro (ENEAS EL TÁCTICO, XXXVI, 1 - 2).


Las primeras máquinas de asedio a las que alude Eneas el Táctico son las que permiten superar las murallas por altura. Dentro de ellas destacarían las torres de asedio que se acercaban a los muros mediante la construcción de rampas o de caminos de aproximación. Desde estas torres, los soldados lanzaban proyectiles incendiarios para tratar de quemar las casas cercanas al muro e intentar que ese fuego se extendiera, destruyendo al mismo tiempo una parte de las defensas.


Frente a estos descomunales ingenios, los sitiados respondían excavando minas en el suelo para que se hundieran y no pudieran moverse, quedando totalmente inutilizadas. Además de esta solución, convenía colocar velas o grandes cortinas que tenían como función detener los proyectiles lanzados desde las torres, de modo que pudieran ser recogidos para reutilizarlos. También podían ser empleadas para la defensa cañas trenzadas de diferentes grosores, creando una especie de muralla.


En todo caso, los sitiados siempre tenían que intentar que sus fortificaciones superaran en altura a las máquinas atacantes. Las formas de recrecer los muros eran muy variadas y podían ir desde la construcción de nuevas torres de madera cubiertas con pieles, hasta la preparación de estructuras permanentes construyendo muros de piedra o ladrillo. Y no deben olvidarse los recrecimientos en forma de parapeto con esteras llenas de arena o piedras, creando estructuras semejantes a las trincheras empleadas en nuestros días (ENEAS EL TÁCTICO, XXXII, 8 - 10).


Eneas también señala el empleo de mástiles como máquinas de asedio. Este ingenio consistía en una viga horizontal que oscilaba sobre un plano vertical. En uno de sus extremos llevaba una especie de cajones con protección en los que se subían los soldados atacantes. Los soldados ubicados en ella disparaban para proteger a las tropas de infantería que acercaban las máquinas contra los muros. La simpleza en su construcción, además de su reducido coste económico hizo que fuera un ingenio muy empleado.


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