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LA POLIORCÉTICA EN TIEMPOS DE FILON DE BIZANCIO: SUS RECOMENDACIONES. (6 partes)


Durante la época de Filon de Bizancio, el uso de la maquinaria pesada de asedio y de las piezas de artillería se había generalizado y todos los ejércitos disponían de abundantes y variadas máquinas y, a menudo, de grandes dimensiones. Este hecho obligó a profundos replanteamientos en los sistemas defensivos, para hacer frente a los ataques mecanizados.


La obra de Filon resulta de gran interés, pues por medio de ella es posible sintetizar las técnicas de asedio utilizadas en el momento álgido de la poliorcética griega. Gracias a una revisión de sus recomendaciones, es posible hacernos una idea del elevado grado de desarrollo alcanzado por la técnica de época helenística.


Las labores de asedio seguían el mismo patrón que se había venido empleando a lo largo del último siglo y medio. El primer paso consistía en hacer acumulaciones delante de los muros y realizar un ataque con escalas para comprobar el número de defensores y su estado moral (FILON DE BIZANCIO, IV, 9).


Si no era posible tomar la ciudad al asalto se podía recurrir a las técnicas de minado, que permitían superar las defensas por su parte inferior. En el caso de que los enemigos lograran atravesar los muros, las contraminas de los sitiados hacían que se libraran verdaderas batallas bajo tierra en las que predominaban armas como puyas de bueyes, jabalinas y lanzas de caza. También, cuando era posible, se empleaban catapultas portátiles de pequeño calibre como tres palmos y lanzapiedras de 2 libras (0,65 kilos).


El fuego constituía una gran defensa para detener las obras de minado. Sus potencialidades se encontraban, tanto en sí mismo, como en el humo provocado por él, que ahogaba a los soldados y les obligaba a salir a la superficie o a perecer. Contra el minado de los muros, también resultaba interesante arrojar agua en las bocas de la mina, con la finalidad de ahogar a los enemigos o, al menos, impedir que pudieran minar en esa dirección.


Las labores de minado solían hacerse de forma paralela a la construcción de máquinas de asedio para evitar que, en el caso de que fracasara esta tarea, se perdiera un tiempo precioso. La primera tarea a realizar, si era necesario el empleo de ingenios pesados, consistía en rellenar el foso y allanar el terreno Las máquinas necesarias para este menester eran los manteletes, que servían para la protección de los soldados que llevaban a cabo las obras previas. Los manteletes resultaban el principal instrumento del ejército en cuanto a número, pues también protegían los contingentes de tropas que se acercaban a los muros.


Filon insiste en la importancia de este ingenio bélico, describiendo a la perfección sus tipologías, así como la forma de ser construidos. Los más simples estaban fabricados con mimbre y se utilizaban contra fortificaciones que no dispusieran de piezas de artillería. En cambio, si los enemigos disponían de catapultas había que hacerlos más resistentes para que pudieran aguantar los impactos. Se cubrían con pieles para evitar ser quemados y se les dotaba de ruedas para su fácil movimiento. Al mismo tiempo, podían ir acompañados de piezas de artillería para, al mismo tiempo que actuaban como defensa, disponer de elementos ofensivos.


Con el fin de evitar los golpes de las piedras arrojadas desde el muro, también convenía que estuvieran acolchados con cestos de forraje o de alga marina y cubrieran su frente con tierra. De esta forma, se construía una especie de empalizada que, cuando era necesario, podía hacerse móvil y ser trasladada a otros puntos del frente (FILON DE BIZANCIO, IV, 36 - 51).


Antes de que las torres de asedio fueran llevadas cerca de los muros, era necesario disponer piezas de artillería a distancia y enfrente de las del enemigo que eliminaran los focos de resistencia que pudieran dañar las máquinas que avanzaban hacia las defensas. El número de piezas de artillería para compensar cada lanzapiedras del defensor era de dos lanzapiedras de 10 libras (3,27 kilos) y un lanzaflechas de cinco palmos (1,05 metros). Una vez que se habían eliminado las baterías de artillería enemigas, era el momento de acercar las torres móviles y demás ingenios hacia los muros, pues sólo de esta forma estarían más seguros.


Contra los arietes y moruecos que eran los que principalmente dañaban el muro continuaban en uso las técnicas que venían empleándose desde hacía siglos. Para defender las máquinas del fuego enemigo había varios métodos como protegerlas con tablas de palma, hierro, además de una serie de sustancias aislantes empleadas los siglos anteriores. Además, se colocaban recipientes de agua en su parte alta, por si la necesidad obligaba a apagar los posibles fuegos (FILON DE BIZANCIO, IV, 17; IV, 34 - 35).


Cuando se trataba de ciudades costeras, resultaba de gran interés que se realizara el ataque por tierra y por mar así como por diversos puntos al mismo tiempo, pues esto obligaba a los defensores a dispersar sus fuerzas y a dejar algún punto vulnerable a lo largo del recinto amurallado.


La época helenística había contemplando el despliegue de fuerzas de Demetrio Poliorcetes con las mayores máquinas de la Antigüedad. Si en una primera fase de la evolución tecnológica se había prestado mucha atención a las técnicas de asedio y al desarrollo de las máquinas, ahora era el momento de investigar el comportamiento de las fortificaciones, para tratar de detener el avance de estos ingenios poliorcéticos.


Se perseguía igualar la situación de los asediados que, claramente, habían quedado en una situación de desventaja con la introducción de los últimos avances tecnológicos. Eso llevó a que, en el periodo de Filon, donde verdaderamente se dieran avances fuera en la mejora de los sistemas defensivos. De ahí que el autor concediera máyor importancia a las técnicas de defensa que a las de ataque.


Por lo que respecta a las labores de defensa, la primera recomendación que hacía Filon estaba encaminada a proteger las cimentaciones de los muros y torres. Resultaba fundamental su protección para que así no pudieran ser minados y, en caso de que los sitiadores lograran llegar hasta ellos, socavarlos les supondría una gran dificultad, ya que el terreno se quedaba muy consolidado.


La solución que el autor aportaba y que resultaba novedosa dentro de las fuentes clásicas era la de limpiar totalmente el suelo donde se iban a ubicar los muros hasta llegar a la roca madre y hacer cimentaciones de yeso que cohesionaran toda la estructura (FILON DE BIZANCIO, I, 1).


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