Las máquinas para la protección de soldados resultaban fundamentales para el acercamiento de las tropas a los muros. También ayudaban activamente en la defensa de los obreros que realizaban las tareas de asedio o el minado. Para ello se solían disponer a los lados de las torres de asedio.
Todas están máquinas formaban parte importante de los ejércitos por la protección que otorgaban a las tropas. A pesar de que en muchos asedios no se utilizaba la artillería, este tipo de máquinas no podían faltar para evitar un elevado número de pérdidas en los asaltantes.
Bajo el nombre general de abrigos colectivos se incluían una serie de máquinas con forma de galerías cubiertas o de parapetos móviles. Entre estas se encontraban, además de las tortugas, los manteletes, vineas, pluteos y musculos.
El mantelete fue la primera forma de protección adoptada por los ejércitos para acercarse a los muros enemigos.
El mantelete era una especie de muro formado por un panel de grandes dimensiones con tablas de madera que variaba en sus dimensiones. Para su construcción, en su parte trasera tenía varios refuerzos horizontales (normalmente dos en el centro, uno en la parte superior y otro en la inferior). Sobre ellas se clavaban las tablas verticales que daban a la cara exterior.
Para poder mover tenía dos abrazaderas de cuero en su parte interior dentro de las cuales metían los brazos los dos soldados que desplazaban la máquina. Su sistema de agarre era muy semejante al de los escudos de mano, ya que esto no era más que un escudo pero de mayores dimensiones. Para moverlo era más cómodo si se hacía ligeramente inclinado hacia atrás, lo que facilitaba el transporte de su peso.
Con el fin de dejarlo fijo cuando se llevaba hasta el lugar deseado, disponía de dos patas en sus lados exteriores. Estas patas eran abatibles y se podían subir o bajar por medio de dos bisagras muy simples. El extremo de las patas que daba al suelo estaba ligeramente inclinado para así poder sostenerse en el suelo de forma más firme. La construcción del mantelete era muy simple y no dejaba de ser más que un muro móvil.
El número de soldados necesarios para desplazar la máquina variaba en función de su tamaño perno normalmente era de dos, mientras que el resto se situaba detrás protegidos por ella. Como mínimo podía proteger de los disparos frontales un número de entre seis y ocho soldados. Sin embargo, por los lados laterales y por la parte superior de la máquina, era vulnerable lo que obligaría a que para resultar efectivas fueran desplazadas unas junto a otras para formar un muro de grandes dimensiones.
Aunque el tipo de mantelete descrito es el más habitual, Filón consideraba la existencia de varios modelos diferentes empleados en función de las necesidades. Los más simples estaban fabricados con mimbre y se utilizaban contra fortificaciones que no dispusieran de piezas de artillería. En cambio, si los enemigos disponían de catapultas había que hacerlos más resistentes para que pudieran aguantar los impactos. Se cubrían con pieles para evitar ser quemados y se les dotaba de ruedas para su fácil movimiento (FILON DE BIZANCIO, IV, 36 - 37).
Las más complejas de estas máquinas podían estar dotadas de piezas de artillería para, al mismo tiempo que defendían, poder atacar. Sin embargo, esto parece poco creíble, ya que su función en los asedios estaba perfectamente clara y para cumplir esa función artillera ya se disponía de las torres de asedio, mucho mejor equipadas y preparadas para esta función (FILON DE BIZANCIO, IV, 38).
Con el fin de evitar los golpes de las piedras lanzadas desde el muro también debían estar acolchados o cubrir su frente con tierra para así poder formar una especie de empalizada que cuando fuera necesario podía hacerse móvil y ser trasladada a otro lugar.
Cuando estos refugios estaban fijos recibían el nombre de pórticos o vineas en razón de su alargamiento. Constituían una especie de galería cubierta muy amplia que unía la posición del sitiador con los muros de la fortaleza, como si de un túnel de superficie se tratara. La primera referencia a la construcción de estas estructuras porticadas de grandes dimensiones las encontramos en Julio César que las nombra como vineae agere o vineae proferre.

Tenía forma de cobertizo a dos aguas con 5 metros de largo, 2,4 metros de ancho y 2,1 de alto. Su construcción era muy simple con una estructura de madera recubierta de tablas para el tejado y con mimbre entretejido en sus laterales (VEGECIO, IV, XVI).
A pesar de que era una máquina estática se le podía dar movilidad colocándole unas ruedas o rodillos, o simplemente se podía desplazar levantándola con la fuerza manual. La vinea, a causa de su tamaño, albergaba un mayor número de soldados y los protegía de forma segura. Por su tamaño era capaz de albergar más de veinte hombres armados.